Estrógeno en la mediana edad: piel, cabello y salud íntima
Resumen del episodio: Estrógeno, piel, cabello y salud íntima
Partimos de algo muy cotidiano: mirarse al espejo y notar que la piel se siente distinta, más seca, que el cabello ya no es el mismo o que aparecen molestias íntimas de las que casi no se habla. Validamos el impacto emocional de estos cambios y explicamos cómo el descenso del estrógeno es un hilo conductor que afecta a la estructura de la piel, al ciclo del cabello y al ecosistema vaginal y urinario.
Desgranamos tres pilares: piel (sequedad, xerosis, pérdida de firmeza y manchas), salud del cabello (miniaturización, alopecia androgenética femenina y efluvio telógeno) y bienestar íntimo (síndrome genitourinario de la menopausia). A lo largo del episodio conectamos prevención, cuidado diario, opciones hormonales y no hormonales y la importancia de no normalizar el malestar, sino buscar ayuda profesional informada.
Puntos clave
- El estrógeno regula colágeno, elastina, ácido hialurónico e hidratación cutánea; su descenso puede provocar pérdida de firmeza, sequedad intensa y mayor reactividad de la piel.
- En los primeros años tras la menopausia puede perderse hasta un 30 % del colágeno, y la piel se vuelve más vulnerable al sol y al estrés oxidativo (las “metaloproteinasas-Pacman” que degradan colágeno y elastina).
- La caída de cabello en esta etapa tiene múltiples causas: alopecia androgenética por acción de DHT sobre folículos predispuestos, efluvio telógeno por estrés, cirugías, déficits nutricionales o trastornos tiroideos.
- El síndrome genitourinario de la menopausia (SGM) es muy frecuente pero infradiagnosticado; afecta a vagina, vulva, uretra y vejiga, y puede manifestarse como sequedad, dolor con las relaciones, urgencia urinaria, infecciones de repetición y pequeñas pérdidas de orina.
- Existen estrategias eficaces: fotoprotección rigurosa, rutinas de cuidado con antioxidantes y retinoides, hidratación con urea y oclusivos, evaluación de causas de caída de cabello, minoxidil y fármacos específicos, estrógenos vaginales locales, hidratantes con ácido hialurónico y tecnologías como el láser CO₂, siempre en diálogo con profesionales de la salud.
Preguntas frecuentes
¿Por qué mi piel se siente más seca y flácida en la mediana edad?
Porque el estrógeno deja de dirigir la “orquesta” de la piel. Al bajar sus niveles, disminuye la producción de colágeno, elastina y ácido hialurónico, y se reduce la actividad de las glándulas sebáceas. Todo esto debilita la barrera cutánea, favorece la pérdida de agua y hace que la piel se vea más apagada, seca y con menos capacidad de “volver a su sitio”.
¿Cómo saber si mi caída de pelo es “normal” o debo preocuparme?
Es normal perder entre 100 y 150 cabellos al día. Si notas menos densidad en la coleta, clareos en la zona superior de la cabeza, caída en mechones o cambios bruscos tras estrés, cirugías o enfermedades, conviene consultar. Un especialista puede usar dermatoscopio y analíticas para diferenciar entre alopecia androgenética, efluvio telógeno u otras causas, y plantear el tratamiento adecuado.
¿El síndrome genitourinario de la menopausia es “parte normal” de la edad?
Es frecuente, pero no es algo que tengas que “aguantar”. El SGM se debe a la falta de estrógenos, que altera el ecosistema vaginal y la salud de la uretra y la base de la vejiga. Sus síntomas tienen explicación médica y, lo más importante, cuentan con tratamientos eficaces que pueden mejorar mucho la calidad de vida y la autoestima.
¿Qué puedo hacer si tengo sequedad vaginal, dolor con las relaciones o infecciones urinarias frecuentes?
Lo primero es hablarlo abiertamente con tu profesional de salud. Las opciones incluyen estrógenos vaginales locales (cremas, óvulos, anillos), hidratantes vaginales con ácido hialurónico, lubricantes para la intimidad y, en algunos casos, láser CO₂ u otras tecnologías. El tratamiento se adapta a tu historia clínica y preferencias, por lo que es importante una valoración individualizada.
Transcripción
Hola y bienvenidos a esta nueva conversación.
Hoy vamos a seguirle el rastro a una sola molécula: el estrógeno, y a ver cómo su retirada progresiva desencadena una serie de efectos encadenados por todo el cuerpo.
Empezaremos por lo que vemos en el espejo, esos cambios físicos que muchas mujeres notamos en la mediana edad y que a menudo generan preocupación o, como mínimo, mucha confusión.
De repente la piel se siente distinta, más seca, el pelo ya no es el que era, o aparecen molestias íntimas de las que casi no se habla.
Es una experiencia muy común, y es fundamental validar el impacto emocional que tiene. Sentir que tu cuerpo cambia sin entender del todo por qué puede ser muy desconcertante.
Exacto: no se trata de resignarse para nada. Se trata de comprender para poder actuar, se trata de tener el mapa para navegar esta etapa.
Así que nuestra misión hoy es desgranar esos tres pilares. Empezaremos por la piel, con la sequedad y la pérdida de firmeza. Seguiremos con la salud del cabello, centrándonos en la caída. Y terminaremos con el bienestar íntimo, una conversación importantísima sobre lo que los médicos llaman el síndrome genitourinario de la menopausia.
La idea es que, al terminar, cada persona pueda tener conversaciones más informadas con su profesional de la salud. Es pasar de la confusión al conocimiento, y del conocimiento a la acción empoderada.
Pues empecemos por el principio de ese rastro, por lo más visible: la piel.
A veces parece que, de un día para otro, pierde su luz y su estructura. Sé que el estrógeno actúa como el gran director de orquesta de la piel, pero, ¿qué sucede exactamente cuando el director empieza a bajar el volumen?
Esa analogía es perfecta. El estrógeno regula la producción de colágeno, de elastina, la hidratación a través del ácido hialurónico… lo regula todo, todo. Cuando sus niveles bajan, esa armonía se rompe, y el primer y más impactante efecto es sobre la estructura.
La investigación sugiere que se puede perder hasta un 30 % del colágeno en los primeros 5 años tras la menopausia.
Espera, espera, ¿un 30 %? Eso es una barbaridad. Es como si a un edificio de repente le quitaran un tercio de las vigas que lo sostienen.
Exactamente, esa es la imagen. Y lo interesante es que esta pérdida está más ligada a la caída hormonal que a la edad cronológica en sí.
Ah, claro. Por eso muchas mujeres notan un cambio tan acelerado en un periodo corto de tiempo.
Si el colágeno son las vigas, el ácido hialurónico serían las tuberías que mantienen todo hidratado, y la elastina los cimientos flexibles.
Justo. Y sin estrógenos todo el sistema empieza a fallar a la vez.
¿Y esa falla del sistema cómo se manifiesta en lo que notamos día a día, más allá de la arruga?
Se manifiesta en varios signos muy claros. Primero, una sequedad que a veces es extrema, lo que en dermatología se llama xerosis.
La barrera de la piel se debilita y pierde agua muy fácilmente. Además, las glándulas sebáceas, que producen nuestro aceite natural protector, también reducen su actividad por la falta de estímulo estrogénico.
Y de ahí el picor. De ahí viene ese picor tan persistente que muchas mujeres notan en piernas y brazos.
Entiendo. Y supongo que la pérdida de esas vigas de colágeno y de los cimientos de elastina es lo que provoca la flacidez.
Correcto. La piel pierde su capacidad de volver a su sitio. Hay una prueba muy sencilla: la prueba del pellizco. Si pellizcas suavemente la piel del dorso de la mano y tarda más de un par de segundos en recuperar su forma, es un signo de esa pérdida de elasticidad.
Y luego está el tema de las manchas, que es otra gran preocupación. ¿También están conectadas con esta bajada de estrógenos?
Sí, aunque de formas distintas. Por un lado tenemos los léntigos solares, esas manchitas marrones bien definidas: la factura del sol.
Eso es, la factura que nos pasa el sol que tomamos hace 20 años. Pero en esta etapa, con una piel más fina y menos protegida, se hacen más visibles.
Y por otro lado está el melasma, esas manchas más grandes y difusas, que tienen un componente hormonal muy claro.
O sea que el estrógeno influye directamente en la producción de pigmento.
Exacto, en la célula que lo produce: el melanocito. Entonces lo que estamos diciendo es que no solo la piel tiene menos andamios por la falta de colágeno, sino que, además, el sol se vuelve un enemigo mucho más potente en esta etapa porque nuestro sistema de defensa natural está debilitado. Es una tormenta perfecta.
Has dado en el clavo, vaya. Y aquí es donde entra en juego el estrés oxidativo. El sol o el tabaco, por ejemplo, activan unas enzimas llamadas metaloproteinasas.
¿Meto… qué?
Metaloproteinasas. A mí me gusta describirlas como un Pacman que se pone a devorar nuestro propio colágeno y elastina, agravando todo el proceso que ya ha iniciado la caída hormonal.
La imagen del Pacman es muy potente, la verdad. Todo esto suena muy enfocado en los efectos, pero, ¿podemos hacer algo en los años previos para que este impacto sea menor, o es una batalla perdida?
No, qué va, no es una batalla perdida en absoluto. La prevención es clave. Cuidar la barrera cutánea con buena hidratación y, sobre todo, un uso riguroso del protector solar desde jóvenes marca una diferencia abismal.
Claro, pero incluso si ya estamos en esa etapa hay muchas estrategias. A nivel de cuidado diario para el cuerpo, un ingrediente muy interesante es la urea al 10 %.
¿La urea? Sí. Es un gran humectante: ayuda a la piel a captar y retener el agua. Un buen consejo es combinarla con un oclusivo, como una fina capa de vaselina, que crea una película para evitar que esa agua se evapore.
¿Y para el rostro, cuáles serían los pilares de esa rutina?
Los básicos serían tres. Por la mañana, un antioxidante como la vitamina C, que ayuda a neutralizar parte del daño ambiental y da luminosidad. Por la noche, un derivado del retinol, que es de lo que más evidencia tiene para estimular la renovación celular y la producción de colágeno. Y siempre un buen hidratante, con ácido hialurónico por ejemplo. Pero el pilar fundamental: protector solar de amplio espectro todos los días del año.
Y más allá de la rutina cosmética, ¿qué opciones se pueden comentar ya con un profesional de la salud?
Se puede explorar la terapia hormonal. Algunos estudios indican que puede ayudar a mejorar la hidratación, el grosor y el colágeno de la piel. Es una decisión médica muy personalizada, claro, hay que ver el contexto de cada mujer siempre.
También está emergiendo evidencia sobre compuestos como los fitoestrógenos, por ejemplo la genisteína, que podrían actuar de forma más selectiva sobre los receptores que tenemos en la piel. Pero, insisto, la conversación debe ser con un profesional.
Esa imagen del Pacman comiéndose el colágeno es muy potente y me hace pensar en otra estructura fundamental que también se debilita: el folículo piloso. ¿Ocurre un proceso similar cuando hablamos de la caída del cabello, que es otro de los temas que más angustia genera?
Es una transición perfecta, porque el mecanismo tiene muchos paralelismos y es un tema que impacta profundamente. Se estima que cerca de una de cada dos mujeres en la posmenopausia experimenta algún tipo de pérdida de cabello.
Una de cada dos… es muchísimo. La conexión hormonal aquí es fascinante. Lo curioso es que a menudo se asocia a las hormonas “masculinas”, pero tengo entendido que no es que de repente tengamos más testosterona.
Exacto, esa es una idea errónea muy común. Lo que ocurre es un cambio en el equilibrio. Los estrógenos tienen un efecto protector sobre el cabello: ayudan a alargar su fase de crecimiento. Cuando los estrógenos bajan, el efecto de los andrógenos —que siempre hemos tenido, como la testosterona— se vuelve relativamente más dominante.
No es que haya más, es que se les oye más.
Entiendo: el protector se retira y el “villano” tiene vía libre. ¿Y qué es lo que cambia exactamente a nivel del folículo para que de repente sea tan sensible a estas hormonas?
Aquí entra en juego una enzima: la 5-alfa reductasa, que convierte una pequeña parte de esa testosterona en una molécula mucho más potente llamada dihidrotestosterona, o DHT. Y en los folículos genéticamente predispuestos, el DHT se une a sus receptores y desencadena un proceso llamado miniaturización.
Miniaturización… suena a que el pelo se va haciendo pequeño.
Efectivamente. No es que el pelo se caiga de golpe. Lo que pasa es que con cada nuevo ciclo el folículo produce un pelo un poco más fino, un poco más corto y con menos color. Es un proceso muy gradual, hasta que ese pelo se convierte casi en vello.
Si imaginamos el ciclo del pelo como las estaciones, los estrógenos ayudan a que la fase de crecimiento —el verano— sea muy larga. Con la menopausia, el invierno —la fase de caída— llega antes para muchos folículos.
Pero entiendo que no toda la caída de pelo en esta etapa es por este motivo. ¿Cómo se puede empezar a diferenciar lo que le está pasando a una para saber qué preguntar en la consulta?
Es una pregunta clave, porque el diagnóstico correcto lo es todo. El patrón más común asociado a este cambio hormonal es la alopecia androgenética de patrón femenino. Aquí lo que vemos es un adelgazamiento progresivo, sobre todo en la zona superior de la cabeza y la coronilla. A diferencia de los hombres, generalmente se conserva la línea de implantación frontal.
Esto que mencionas de la miniaturización es clave, porque significa que a lo mejor ni notamos al principio que “se cae”: solo vemos menos densidad, la coleta más fina.
Justo. Y si un especialista mira el cuero cabelludo con un dermatoscopio verá algo muy característico: la convivencia de pelos de diferentes grosores. En la consulta a veces lo llamamos el signo de los pelos “gordos y flacos”. Eso nos indica que está ocurriendo un proceso de miniaturización.
¿Y qué pasa cuando la caída es muy de repente y por toda la cabeza?
Eso suele corresponder a un efluvio telógeno. Es una caída de pelo muy difusa y, a menudo, alarmante, donde se caen mechones enteros. Suele estar asociada a un detonante.
¿Un detonante como el estrés?
Sí, un episodio de estrés agudo, una cirugía, una infección, o también déficits nutricionales muy comunes en esta etapa, como falta de hierro o vitamina D, o una disfunción de la tiroides. Aquí todos los pelos que caen tienen un grosor similar, porque son cabellos sanos a los que simplemente se les ha interrumpido el ciclo de forma abrupta.
Entender la causa es el primer paso. Una vez se tiene un diagnóstico, ¿qué opciones terapéuticas se pueden discutir con un especialista?
Las herramientas son variadas. El minoxidil, ya sea tópico o en pastillas a dosis bajas, es muy utilizado: actúa en parte mejorando el riego sanguíneo al folículo.
También se pueden usar fármacos que actúan sobre los andrógenos, como los inhibidores de la 5-alfa reductasa, en mujeres que no buscan un embarazo, y antiandrógenos como la espironolactona.
En nuestra práctica en Hormona Vida siempre insistimos en que el primer paso es una analítica completa para descartar esas causas subyacentes, porque a veces la solución empieza por ahí.
Esto nos lleva de forma natural a nuestro último pilar. Hemos hablado de cambios muy visibles, como la piel y el pelo. Ahora vamos a abordar un tema más interno, más íntimo, pero que tiene un impacto enorme en la calidad de vida: la salud vaginal y vulvar.
Vamos a llamarlo por su término médico para normalizarlo: el síndrome genitourinario de la menopausia, o SGM. Hacerlo es fundamental. Es una condición extremadamente común, que puede afectar hasta a un 50 % de las mujeres posmenopáusicas, pero sigue estando muy infradiagnosticada.
¿Por qué?
Por vergüenza, o porque asumen erróneamente que es “lo normal de la edad” y que tienen que aguantarse. Y no es así en absoluto.
Vamos a explicar la fisiología, porque entenderlo ayuda a quitarle el tabú. ¿Qué le pasa al ecosistema vaginal cuando le falta estrógeno?
Pues mira, el estrógeno es literalmente el alimento de los lactobacilos, las bacterias buenas, las bacterias beneficiosas que viven en la vagina. Estos lactobacilos producen ácido láctico, manteniendo un pH ácido que actúa como una barrera protectora natural.
Cuando falta el estrógeno, falta el alimento. Los lactobacilos disminuyen, el pH se vuelve más alcalino y el ecosistema se desequilibra.
O sea que no es solo una cuestión de lubricación: es todo el ambiente el que cambia.
Todo el ambiente. Y, además, el propio tejido sufre una transformación. La mucosa vaginal, que depende del estrógeno para mantenerse gruesa y elástica, se adelgaza, pierde colágeno y elasticidad.
Una buena metáfora es pensar en un acordeón. Una vagina sana tiene muchos pliegues, que le permiten estirarse. Con la falta de estrógenos esos pliegues se pierden: el tejido se vuelve liso, pálido y frágil, ya no puede estirarse igual.
Exacto. ¿Y esto en qué síntoma se traduce para que quien nos escucha pueda identificar si le está pasando?
Los síntomas son variados. Los más conocidos son los genitales: sequedad, sensación de ardor o picor, y dolor con las relaciones sexuales, lo que se conoce como dispareunia.
Pero es crucial saber que también hay síntomas urinarios muy frecuentes, que a menudo no se conectan con la menopausia.
Eso me parece importantísimo: que los problemas urinarios puedan tener el mismo origen hormonal. ¿Por qué ocurre esto?
Ocurre porque la uretra y la base de la vejiga tienen el mismo origen embrionario que la parte superior de la vagina. Están repletas de receptores de estrógeno y, por tanto, sufren exactamente los mismos cambios: adelgazamiento, fragilidad.
Por eso síntomas como la urgencia para orinar, tener que ir al baño con mucha frecuencia, las infecciones de orina de repetición o incluso pequeñas pérdidas de orina al toser o estornudar, todo eso puede ser parte del SGM.
Saber esto puede cambiar por completo el enfoque de una mujer que lleva años con infecciones de repetición sin encontrar la causa.
Afortunadamente, en este campo las soluciones suelen ser muy efectivas.
Muy efectivas, y es vital que se sepa. El tratamiento de primera línea suelen ser los estrógenos vaginales, que se aplican de forma local en cremas, óvulos o anillos. Actúan directamente donde se necesitan, con una absorción al resto del cuerpo que es mínima. Son una opción segura y eficaz para la mayoría de las mujeres.
¿Y para quienes no pueden o no quieren usar hormonas?
Hay alternativas. Aquí es importante distinguir entre hidratantes y lubricantes. Los lubricantes son puntuales, para la intimidad, una ayuda momentánea. Los hidratantes vaginales, en cambio, son un tratamiento: se usan de forma regular varias veces por semana y contienen sustancias como el ácido hialurónico, que ayudan a retener agua en el tejido y a mejorar su calidad a largo plazo.
Y luego hay otras tecnologías, como el láser de CO₂, que puede ayudar a estimular la regeneración de colágeno en la pared vaginal.
El mensaje clave entonces es que nadie tiene por qué aguantar el dolor o la incomodidad. Para nada: son síntomas médicos que tienen tratamiento. Tratar el SGM no solo alivia los síntomas, sino que mejora drásticamente la calidad de vida y la autoestima. Es una cuestión de salud fundamental.
Pues creo que hemos cerrado el círculo. Hemos seguido el rastro del estrógeno desde la piel hasta el cabello y la salud íntima, y hemos visto cómo su descenso es el hilo conductor que conecta todos estos cambios.
El gran mensaje es de empoderamiento: entender qué le pasa a nuestro cuerpo es el primer y más poderoso paso para buscar soluciones y, sobre todo, para sentirnos mejor en él.
Totalmente. Y es importante recordar siempre la visión integral. La salud hormonal no es solo cuestión de una hormona; es una sinfonía donde interactúan el estrés, la nutrición, el sueño… todo está conectado. Cuidar estos aspectos es la base para navegar esta etapa con bienestar.
Y esto me lleva a una reflexión final para quien nos escucha. Hemos hablado de cómo las hormonas nos cambian por fuera, pero, ¿hasta qué punto el sentirnos cómodas y seguras en nuestra propia piel, con nuestro pelo y en nuestra intimidad, influye en nuestro equilibrio hormonal interno y en nuestra capacidad para gestionar el estrés?
Quizás cuidar lo visible es también una forma poderosa de sanar lo invisible.
Recordamos que esta conversación tiene fines puramente educativos. No sustituye el consejo de un profesional médico. Cualquier decisión sobre la salud o un tratamiento debe ser consultada con un profesional cualificado que conozca el historial clínico de cada persona.
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